Novelas de Muse


Las pastillas no estaban funcionando.

Lo intenté innumerables veces, pero no podía pegar ojo. Las había tomado según lo que dijo una de las pacientes de doctor Doménico, pero no estaban funcionando para mi.

Tomé la caja que estaba encima de mi mueble, prendí la luz y leí las contraindicaciones, pero nada ahí parecía anticipar una perdida total del efecto.

Lancé la caja contra la pared con fuerza. ¿De qué me servía trabajar repartiendo psicotrópicos, sino no les podía sacar provecho?

Ya podía ver como mi habitación comenzaba a aclararse con los primeros rayos de sol. También podía sentir a mi padre alistándose para irse al hospital y a mi madre hablándole sobre la cena de esta noche.

Me cobijé más aún en las mantas de mi cama y me resigné a ver como amanecía. Las imágenes de la fiesta de anoche no tardaron en llegar.

Recordé a Adele bailando sobre la mesa dejando unos buenos rayones sobre la cubierta. Recordé reírme tanto hasta que la cerveza salió por mi nariz y Thierry intentando limpiarme con la manga de una chaqueta.

También recordé ver a Cassandre ronroneando en la oreja de uno de los chicos del equipo de futbol y como él se había metido en el baño con sus manos puestas en el trasero de ella.

Sonreí al admirar la completa confianza de Cassandre en si misma, era increíble como ella podía llegar a ligar con alguien en este pequeño valle, donde absolutamente todo el mundo se conocía.

Mi sonrisa se convirtió en una mascara de tristeza cuando recordé a Christian. A Christian y a la puta de turno, Venus.

Creo haber estado casi segura de que él mantuvo sus hermosos ojos verdes en mi rostro por casi medio segundo. En ese momento sentí como mi euforia subía haciendo hervir mis venas y me creí capaz de hacer cualquier cosa por él, hasta que él besó a la puta, Venus.

¿Era toda la vida muy poco tiempo para estar enamorada de él?

Mis ojos pesaron cuando los recuerdos de la fiesta se volvían confusos gracias al alcohol en mi torrente sanguíneo y lo próximo que supe fue que estaba dormida como un lirón.

—Clo, cariño—susurró mi madre moviendo mi brazo—¿pretendes dormir todo el día?

Abrí mis ojos sorprendida por el tono de mi madre. La vi con su usual delantal de enfermera y me di cuenta de lo tarde que era.

—¿ya es hora? —pregunté asustada—¿ya te vas a trabajar?

—No. Tuvimos una emergencia en JJ—dijo sonando cansada—me llamaron esta mañana luego de que tu padre se fuera y acabo de regresar para darme una ducha.

—¿está todo bien allá?¿debes volver?

—Si, debo volver. Realmente todo estaba hecho un desastre, cariño—acarició su frente cerrando sus ojos—uno de los chicos del pabellón 54 intentó atacar a un guardia con un bolígrafo ¿sabes cuán peligroso es eso?

—Podría sacarle un ojo si lo utilizara en la posición correcta—dije recordando a mi amigo Thierry. Él me enseñaba cosas maravillosas.

—¡exacto! —exclamó mi madre—ahora está sedado, pero estuvo difícil. ¿Ahora entiendes por qué es complicado para mí tenerte ahí?

—¡Vamos, mamá! —me quejé—sólo entrego medicamentos a los encargados, no es como si me pusiera a pelear cuerpo a cuerpo con cada paciente.

—lo sé, pero me preocupa—explicó—ese lugar es…es…bueno

Luego mamá puso esa cara de tener que pedirme un favor.

—¿Qué es? —le pregunté.

—me preguntaba si podrías hacer el turno de Corine en JJ—pidió—sé que es tu día libre, cariño. Su bebé ha enfermado y me pidió que te preguntase.

La verdad es que no quería. Tenía planeado un hermoso día viendo televisión o quizás ir a ver a Adele, pero mi buena voluntad podía más.

—Lo haré—dije dándole una sonrisa.

—Gracias, cariño—dijo dándome un dulce beso en la frente—antes que lo olvide. Thierry estuvo hace unos minutos aquí y me dijo que estarían en el parque por si te quieres pasar o algo.

Tenía tiempo antes de ir a JJ.

El hospital psiquiátrico St. Jean Jecques o JJ, fue fundado por mi tatarabuelo, Hervé Lefevre. Según cuenta mi padre y la leyenda que está escrita sobre una placa metálica a las afueras del valle, mi tatarabuelo era un exitoso psicólogo en su época. Sus ansias de sanar a las personas lo llevaron a crear una pequeña casa de madera en un inmenso valle desierto.

En aquellos tiempos pensar que alguien tenía algún cable pelado en su cabeza, era sinónimo de tener al demonio dentro. La pequeña casa de mi tatarabuelo pasó de ser un lugar de catarsis comunal a un asilo para aquellas personas que no eran muy queridas en sus familias.

La paga eran realmente buena por mantener a los endemoniados encerrados y Hervé se proyectó. Comenzó a construir lo que ahora es JJ y así se hizo uno de los terapeutas más reconocidos de estos lados.

La gran mayoría de la población de Valle Hervé está compuesta por trabajadores del hospital. Tenemos un mercado, una escuela, un pequeño centro donde puedes encontrar lo suficiente para vivir y mucho, pero mucho prado.

Este pequeño valle es subsidiado en gran parte por el gobierno y por las familias adineradas que dejan abandonados a sus problemas aquí. Estamos tan alejados de la realidad que hasta somos vistos como bichos raros y creo que desafortunadamente lo somos.

Ahora bien, llevaba poco más de un mes trabajando en JJ, en donde mis padres también cumplían sus funciones.

Y no fue sino mi padre quien me inició en el negocio, mi madre se opuso tajantemente y yo jamás dije nada, sólo lo tomé. Quizás sentía un poco de vergüenza al darme cuenta que llevaba ya un tiempo sin hacer nada de mi vida.

Desde que salí de la escuela y no obtuve el puntaje necesario para entrar a la universidad, no hubo más remedio para mí que no hacer nada. Y ahora estaba exactamente en ese mismo punto. No sabía que haría de mi vida, no sabía si saldría del valle a buscar un destino o si forjaría mi camino en JJ. Ni siquiera sabía que era lo que quería.

Lo único que ocupaba mi mente era montar una tienda de ropa vintage junto a mi amiga Adele, pero para eso necesitábamos bastante capital.

Y bueno, en JJ las cosas no eran difíciles. Al comenzar mi turno, me entregaban la planilla con la cantidad de vasitos con medicina que tenía que formar. Eso era. Nada grande.

Luego me sentaba en una pequeña habitación con una puerta y una ventana para entregar los vasitos. ¿Qué tan malo podría ser vivir de eso?

Mi madre desempeñaba la misma labor que yo, más otras cosas de enfermera, pero en el área 54. El área 54 estaba estrictamente prohibida para mi, ahí era donde se encontraban los enfermos peligrosos y por lo general eran personas con antecedentes penales, pero dada su condición mental eran inimputables.

A pesar de estar cerca de otoño, el día estaba caluroso. Las vacaciones ya se estaban despidiendo y tenía un severo nudo en el estomago de tan sólo pensar en mi mejor amigo, Thierry.

Thierry estuvo casi dos años fuera de mi radar y todo era culpa de la maldita universidad. Thierry se especializó en terapias alternativas y por estos días la carta que decía si podría o no hacer las practicas en el hospital, llegaría.

Tenía miedo de separarme de él nuevamente. Él y Adele eran mi vida completa.

—¿podrías pasar por la pastelería y traerme un de esos rollos de canela cuando vuelvas a casa? —preguntó Bastian, mi hermano.

Lo miré con mala cara. Era tan perezoso que me enervaba.

—Bastian, has estado todo el verano con tu culo en ese sillón—me quejé—moverte sólo un poco no te provocará un ataque cerebral ¿sabias?

—Sólo preguntaba—dijo levantando sus manos.

Bufé. ¡Dios cómo quería que la escuela comenzara y se lo llevara lejos!

Me miré en el espejo antes de salir y alisé mi vestido verde con flores. Tomé mi bolso y el delantal blanco, ese que me daba el rango de “alguien” en el hospital. Pero a quién engañaba, yo no era nadie. Y si no había intoxicado a nadie aún, era simplemente un milagro.

Salí tapando mis ojos de los rayos del sol que apuntaban violentos sobre mí y de reojo vi a mis abuelos sentados en el columpio del pórtico. Estaban tomados de las manos.

—Cuando yo tenía tu edad…..—comenzó la abuela.

—Apuesto que tenías diecinueve—bromeé.

—Pequeña insolente—murmuró ella.

—No seas tan severa Joanie—mi abuelo le sonrió—después te preguntas por qué los chicos no pasan el tiempo con nosotros.

Mi abuela se lo pensó mejor y me dio una leve sonrisa. Antes éramos cercanas, ella decía que yo era exactamente su reflejo en la juventud y temía que yo cometiera los mismos errores. Pero quedar embarazada a los quince es algo totalmente imposible a estas alturas.

Y ahora que su cabeza desvariaba algo más que antes, intentaba recordarme lo que había sido su vida “cuando ella tenía mi edad”

—Acércate—me pidió metiéndose la mano en el bolsillo de su vestido—quiero que veas esto.

Desde dentro sacó la misma fotografía ajada que tantas otras veces había sostenido. Era ella en su adolescencia. En sus brazos un bebé, mi padre.

Y ella no mentía, yo era su calco. Delgada y de mediana estatura, con su cabello rubio cobrizo hasta la cintura y unos ojos grises que intimidaban a la cámara, era innegable nuestro parecido. Sólo que mis ojos son bastante más dulces que los pétreos de ella.

—Arnold—dijo ella llamando a mi abuelo—¿no era yo una belleza?

—lo sigues siendo, cielo.

En el instante en que los tortolos se quedaron mirando, me escapé y tomé mi bicicleta para tomar camino hacia el parque. Puse mi delantal y mi bolso en la canasta delantera.

El viento tibio contra mi piel se sentía bastante bien para ir camino a trabajar en mi día libre. Casi llegando al parque vi a los amigos de Christian, mi pecho se apretó y mis músculos no respondían adecuadamente. Sólo cuando vi a Adele saludándome con la mano reaccioné.

—¡vamos, Clo! —se quejó—¿otra vez?

—No, no otra vez—dije suspirando—todavía.

Sabía que se refería a Christian y a mis incesables búsquedas por verlo, tan sólo verlo.

Thierry, a su lado, sólo negó con la cabeza. Sabía exactamente lo que él pensaba y no era nada bueno con respecto a Christian.

Y era cierto, Christian no tenía buena reputación. Quizás ser hijo de un prestigioso medico no le era suficiente y debía añadirle rebeldía a su vida. Tenía tatuajes, fumaba, bebía a destajo y su cabello estaba lleno de rastas, pero sus intensos ojos verdes no los cambiaba ni por la lotería.

Cada chica del Valle estaba enamorada de él y cada chica o la mayoría, se había acostado con él. Menos yo y Adele, pero si su hermana, Cassandre. Y era por lo que ella me había comentado que mis ganas de estar cerca de Christian no se esfumaban.

—¿volviste a aclarar tu cabello? —le pregunté a Adele notando su rubio platinado, liso hasta las caderas.

—más claro, más liso—afirmó—hay que ponerle estilo a este Valle de mierda.

—¿este no era tu día libre? —preguntó Thierry al mirar mi delantal.

—era, debo hacer un remplazo—me quejé—de hecho voy tarde, sólo me pasé por aquí para saber si la carta te llegó.

—Mmm nop—dijo Thierry—pero tengo mis serias conexiones con el universo para creer que llegará.

—Eso espero—le sonreí—¿nos vemos esta noche?

—Iré a tu casa luego de que salgas de JJ—dijo Adele—pero Thierry no podrá, tiene una misión sexual que cumplir.

Le levanté las cejas hasta que el color de sus mejillas ardió.

—Simone vuelve hoy de sus vacaciones—explicó Thierry.

—y un culo puede más que una amistad—se quejó Adele contra el noviazgo de Thierry.

Los dejé discutiendo sobre cual era la mejor elección, amor o amistad.

Con mi delantal impecable pasé por el mesón de atención. Laurie, la recepcionista no estaba, pero de igual manera retiré la planilla con los datos de las pastillas.

El hospital estaba tranquilo, es decir, estaban los constantes gritos y los golpes contra las puertas, pero más allá de eso no. Ni me habría imaginado que esta mañana este hospital había tenido a un loco desatado.

—Buenas tardes, Clo—el doctor Cliffet estaba asomado por mi ventanilla—¿qué haces aquí durante tu día libre?

—El bebé de Cornie enfermó—me encogí de hombros.

— Oh, lo siento tanto—dijo preocupado—espero que se recupere pronto. Clo, me preguntaba si tienes la lista de pastillas de la habitación doce, creo que hubo un…

—Papá—llamó una voz indiscutiblemente familiar.

Christian estaba parado a solo pasos del doctor Cliffet y yo con mi radar de chicos altamente calientes, no lo había visto venir. Mi corazón palpito frenético, como un imbécil y eso que él ni siquiera me había notado ahí.

Mi boca se secó y me inmovilicé.

—Christian—dijo el doctor poco emocionado de verlo—no deberías estar aquí.

—sólo serán cinco minutos de tu vida, viejo.

El doctor suspiró con pesadez y resignación.

—Esta bien—sacudió su cabeza—oh, Christian, esta es Clo. Clo, este es mi hijo.

—ho…hola—dije sintiéndome estúpida.

Christian alzó sus cejas una vez hacía mi sin mirarme a la cara. Entre más lo miraba más necesitaba de él. Era simplemente hermoso.

El doctor Cliffet caminó con Christian hacia su despacho mientras lo regañaba y a él no parecía impórtale, de seguro estaba acostumbrado.

— Siempre, siempre es la ultima vez, Christian—se quejó el doctor—siempre es la ultima vez para todo contigo…yo ya no puedo darte más dinero, debes comenzar a ganártelo ¡por el amor de Dios!

Y mientras los veía alejarse yo me preguntaba si alguna vez lograría conquistarlo.



Chicas este es mi nuevo proyecto!!! espero les guste y yo espero no defraudarlas. Recuerden que pueden descargar Rebelión y Expiación desde el menú. Gracias por todas sus bellas palabras.

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4 Responses so far.

  1. se nota que Christian tiene una mierda de actitud pero aún así es hermoso :)

    Me encanta, ya quiero ver como se desenvuelve la historia!!

    Besos!

  2. Muse says:

    Gracias Anamileth!!! No dejaras de encantarte.

  3. Laura says:

    Hola Muse q bueno q ya escribieras el primer capitulo de esta historia,me gusta mucho se ve muy buena como va todo,ese Christian se ve q es un matador con todas anda mmm,pero la ignora bastante a nuestra protagonista q mal de su parte,hay veremos como va avansando la historia, gracias!!

  4. jeslis says:

    Que padre volver a leer una nueva historia tuya MUSE y al parecer me encanta Christian jajajja eso de rebelde me gusta :D y Clo bueno se ve asi o mas enomarada aaa espero accionn jejejeje